EL
EFECTO TRUMP
Primero el Brexit,
luego el plebiscito en Colombia y finalmente Trump, nada más y nada menos: la
cereza que le faltaba al postre. Y el mundo –me incluyo y seguramente también
tú que lees estas líneas ahora- comenzó
a preguntarse ¿Qué chorizos le está pasando a la humanidad?; una pregunta a la
que aún no se le encuentra respuesta
válida, al menos convincente. Pues bien,
no es otra la intención que mueve este ejercicio de escribir, que intentar hurgar en las ideas para hallarle
una explicación a estos fenómenos electorales que han marcado la historia no
solo de los países donde se dieron, si no del orbe entero, que para señalarlo
de alguna manera le asignaremos el nombre de
“efecto Trump”, por ser
simplemente el más trascendente, con el
alto riesgo de que me veten la visa.
Lo primero es señalar
la coincidencia que en todos los casos en mención los grandes derrotados fueron
los gobiernos de los respectivos países: el Reino Unido con su pomposa
democracia monárquica, con su parlamento imperturbable y con los guiños de su
reina; Colombia con su democracia provinciana, su costosísima campaña
publicitaria a favor del sí y ese manjar de dioses que últimamente caracteriza
el ejercicio político de este país: la mermelada; y finalmente Estados Unidos,
el país más poderoso del mundo en donde el muy
singular magnate de New York se impuso, contra todos los pronósticos, a la
sonrisa bonachona de su predecesor Obama y la intensa campaña electoral de su
contrincante, la señora Clinton.
Fueron entonces estos
resultados ¿Un voto de rechazo al sistema?,
o ¿un step back a lo establecido? o, finalmente un salto al abismo, una decisión arriesgada hacia la incertidumbre?.
La segunda
consideración es que en las tres contiendas electorales los jóvenes jugaron un
papel protagónico, en cada caso desde sus propias circunstancias y defendiendo
intereses disimiles, e incidieron con su voto de manera considerable en los
resultados. Indica esto entonces que ¿se
gesta una, hasta ahora, imperceptible tendencia en ellos hacia los
nacionalismos extremos, hacia las derechas recalcitrantes, incluso rayando en
lo xenofóbico?.
Plantearlo como
interrogante no solo es menos arriesgado que hacer afirmaciones sino tal vez
más efectivo si lo que se busca es generar reflexión al respecto. Lo cierto, en
todo caso, es que el “efecto Trump” evidencia lo impredecible
que se hace cada vez más el ejercicio democrático (llámese elección
presidencial de la nación más poderosa del mundo, la separación de una nación
de un sistema geopolítico o la aprobación de unos acuerdos para terminar con
una guerra irregular de más de 50 años), en donde los resultados están por
encima de la lógica electoral establecida por las encuestas y por el sentido
común de los desprevenidos que a lo sumo son la gran mayoría. El voto depositado en estos tres fenómenos
consolida la democracia muy por encima de lo que haya resultado ganador, pero
desnuda el principio del fin, el punto de
no retorno donde las masas se comienzan a hacer inmanejables
electoralmente, donde se vota más que para apoyar para rechazar, donde se apoya al débil en apariencia, donde
se corren los riesgos de lo desconocido, incluso, por apocalíptico que se
muestre. Estamos entonces ante una sociedad cansada, una sociedad que comienza
a desconocer todo sistema y que utiliza su voto para rechazar alienándose a su
vez a nuevos paradigmas, una sociedad que se polariza y en donde las dos
orillas toman distancia prudente: unos reclamándose como “gran mayoría” y otros tildando a estos mismos de equivocados.
El voto rechazo: el efecto Trump, deja la impresión de
ser un fenómeno que se seguirá imponiendo en los sucesivos procesos electorales,
aquí y allá, en todas las latitudes, al menos en donde la democracia tiene
asidero, ese sistema perfectamente imperfecto que ha persistido en el tiempo
con todas sus virtudes y defectos. Pronto nos estaremos sorprendiendo muy
seguramente de nuevos resultados, de nuevos países, donde las personas elegirán
lo impredecible, la opción incierta, que irá configurando un nuevo orden
mundial: válido, sí; ¿equivocado?, solo el tiempo lo dirá.
Domingo Espitia P.
Río Sinú (Diciembre de
2016)




