lunes, 5 de diciembre de 2016

EL EFECTO TRUMP

EL EFECTO TRUMP
Primero el Brexit, luego el plebiscito en Colombia y finalmente Trump, nada más y nada menos: la cereza que le faltaba al postre. Y el mundo –me incluyo y seguramente también tú que lees estas  líneas ahora- comenzó a preguntarse ¿Qué chorizos le está pasando a la humanidad?; una pregunta a la que aún no se le  encuentra respuesta válida, al menos convincente.  Pues bien, no es otra la intención que mueve este ejercicio de escribir,  que intentar hurgar en las ideas para hallarle una explicación a estos fenómenos electorales que han marcado la historia no solo de los países donde se dieron, si no del orbe entero, que para señalarlo de alguna manera le asignaremos el nombre deefecto Trump”, por ser simplemente el más trascendente,  con el alto riesgo de que me veten la visa.

Lo primero es señalar la coincidencia que en todos los casos en mención los grandes derrotados fueron los gobiernos de los respectivos países: el Reino Unido con su pomposa democracia monárquica, con su parlamento imperturbable y con los guiños de su reina; Colombia con su democracia provinciana, su costosísima campaña publicitaria a favor del sí y ese manjar de dioses que últimamente caracteriza el ejercicio político de este país: la mermelada; y finalmente Estados Unidos, el país más poderoso del mundo en donde el muy singular magnate de New York se impuso, contra todos los pronósticos, a la sonrisa bonachona de su predecesor Obama y la intensa campaña electoral de su contrincante, la señora Clinton.

Fueron entonces estos resultados  ¿Un voto de rechazo al sistema?, o  ¿un step back a lo establecido? o, finalmente un salto al abismo, una decisión arriesgada hacia la incertidumbre?.

La segunda consideración es que en las tres contiendas electorales los jóvenes jugaron un papel protagónico, en cada caso desde sus propias circunstancias y defendiendo intereses disimiles, e incidieron con su voto de manera considerable en los resultados. Indica esto entonces que ¿se gesta una, hasta ahora, imperceptible tendencia en ellos hacia los nacionalismos extremos, hacia las derechas recalcitrantes, incluso rayando en lo xenofóbico?.

Plantearlo como interrogante no solo es menos arriesgado que hacer afirmaciones sino tal vez más efectivo si lo que se busca es generar reflexión al respecto. Lo cierto, en todo caso, es que el efecto Trumpevidencia lo impredecible que se hace cada vez más el ejercicio democrático (llámese elección presidencial de la nación más poderosa del mundo, la separación de una nación de un sistema geopolítico o la aprobación de unos acuerdos para terminar con una guerra irregular de más de 50 años), en donde los resultados están por encima de la lógica electoral establecida por las encuestas y por el sentido común de los desprevenidos que a lo sumo son la gran mayoría. El voto depositado en estos tres fenómenos consolida la democracia muy por encima de lo que haya resultado ganador, pero desnuda el principio del fin, el punto de no retorno donde las masas se comienzan a hacer inmanejables electoralmente, donde se vota más que para apoyar para rechazar,  donde se apoya al débil en apariencia, donde se corren los riesgos de lo desconocido, incluso, por apocalíptico que se muestre. Estamos entonces ante una sociedad cansada, una sociedad que comienza a desconocer todo sistema y que utiliza su voto para rechazar alienándose a su vez a nuevos paradigmas, una sociedad que se polariza y en donde las dos orillas toman distancia prudente: unos reclamándose como “gran mayoría” y otros tildando a estos mismos de equivocados.

El voto rechazo: el efecto Trump, deja la impresión de ser un fenómeno que se seguirá imponiendo en los sucesivos procesos electorales, aquí y allá, en todas las latitudes, al menos en donde la democracia tiene asidero, ese sistema perfectamente imperfecto que ha persistido en el tiempo con todas sus virtudes y defectos. Pronto nos estaremos sorprendiendo muy seguramente de nuevos resultados, de nuevos países, donde las personas elegirán lo impredecible, la opción incierta, que irá configurando un nuevo orden mundial: válido, sí;  ¿equivocado?,  solo el tiempo lo dirá.

Domingo Espitia P.

Río Sinú (Diciembre de 2016)

viernes, 18 de diciembre de 2015

TODOS SOMOS SISTEMA

TODOS SOMOS SISTEMA
(Breve sacudida filosófica de lo que finalmente somos)


(Fotografía tomada de www.boulesis.com)

La lógica es que estamos en un mundo de depredadores y depredados, donde, lo quieras o no terminas ubicado en uno de los dos lados, o en los dos quizás. Conformamos el gran sistema que funciona queramos o no, seamos o no conscientes de ello.  Es poco relevante lo que hagamos o lo que no hagamos, igual el sistema seguirá funcionando hasta cerrar el ciclo, hasta la gran explosión como al principio y nacerá tal vez otro sistema. Lo triste del ser humano, su poca fortuna,  es ser la especie, tal vez la única, que tiene conciencia (relativa) de su situación, conciencia al menos para sufrir su existencia, para padecerla e inventarse cuanto artificio a fin de paliarla. Todo tiene que ver, todo debería importar en este accidente que es la vida, sin embargo los designios del universo parecen ya estar escritos en un ritual inquebrantable en donde hasta la peor perturbación que podamos causar hace parte del juego, como si estuviese prevista ya hasta la más inverosímil estupidez humana.  El “libre albedrío” no es más que ese juguete de la razón que no fuimos capaces de comprender, como el niño que se lleva el dulce a la boca pero que no sabe de qué está hecho: somos libres de creernos libres, de desconocer seres superiores encima de  nosotros, de creer que sostenemos el universo con nuestras manos, de asignarle a lo que está frente de nuestras narices la categoría de verdad, de mundo cierto y válido, libres de creernos el centro de ese universo, de ese sistema del que hacemos parte y que desconocemos, como simples células que cumplen una función ya establecida y con una libertad limitada por los mismos designios de ese universo, entendido como el macrocuerpo del que somos átomo, núcleo de átomo, simple partícula. Revelarse a esta dinámica evidente pero incomprensible es igual a hacer parte de ella, a dejarse arrastrar, pues revelados o no, llegaremos al mismo punto, a dónde todo empezó, a donde se cierra el ciclo.

 (Fragmento del libro en construcción: “La hermosa incertidumbre  que somos, Domingo Espitia P. Santa Cruz de Lorica, diciembre 18 de 2015)

viernes, 23 de octubre de 2015

COLOMBIA, EL PAÍS DE LOS UNOS Y LOS OTROS

COLOMBIA, EL PAÍS DE LOS UNOS Y LOS OTROS
(Miradas del postconflicto)


 Foto tomada de unidad popular.over-blog.es

Un día cualquiera, hace unas décadas en este país, “los unos” consideraron que el estado no era justo y que amenazaba todos sus derechos, y decidieron tomar las armas y litigar con sangre y balas esos derechos; ante ello, el estado reaccionó con tibieza, cantinflescamente como cuando las cosas interesan pero a la vez no,  y generó el caldo de cultivo para que germinarán de las entrañas de la tierra los otros, bajo una mirada displicente del mismo estado que con el tiempo terminaría siendo tristemente permisiva. 50 años de dolor y muerte justificaron macabramente el rojo en la bandera, heridas que aún no sanan de un lado y del otro, donde los muertos los han puesto, precisamente, esos pobres por los que se decía pelear.

La guerra, sobra decirlo, ha sido larga, injusta y sucia (todas lo son), nadie gana una guerra, ella siempre deslegitimiza nuestra valía de humanidad, nos degrada y nos coloca en el triste nivel de las especies inferiores y quizás peor; finalmente no existe diferencia entre un victimario de izquierda y uno de derecha, a no ser la mano con la que disparan.

El problema se hace más agudo cuando los demás, y esto atañe de una u otra manera al resto de la sociedad, comienzan a tomar, directa o indirectamente, partido a favor de los unos o los otros, ya sea por simpatía, por coincidencias ideológicas, por sesgos, por permisividad e incluso por indiferencia, porque el me "importaunculismo" que se hizo tan común en  esos días también es una forma de tomar partido; y resultó de todo ello la sociedad que tenemos hoy: polarizada y polarizante, estúpidamente excluyente y preñada de odios, yuxtapuesta al perdón y nada resilientes.  Un modo de ser que se arraigó y se hizo cultura y comenzamos a experimentar todos,  en el país de los unos y los otros, una competencia insana, desvalorizante que atropella la dignidad del ser humano en su máxima expresión y que se hace evidente en todos los contextos, incluso, hasta en los más triviales como en ser hincha de uno u otro equipo, en ser de uno u otro partido político, en ser de una u otra región, en tener uno u otro color de piel,  en profesar una u otra religión, en pertenecer a uno u otro estrato socio-económico, en vestir de una u otra forma, en vivir y expresar la sexualidad de una u otra manera, en pensar y expresar una cosa u la otra. Una sociedad en donde priman más las antipatías que las simpatías, en donde las diferencias se hacen a veces abismales e intolerables y las coincidencias poco estimadas. Esa es la sociedad que, flagelada por otras dolencias de mucha consideración como la corrupción y la falta de solidaridad, se prepara para edificar la paz, para asumir el postconflicto y el fin de las balas y de la guerra (hasta donde permita la voluntad de los  implicados).

No es tarea fácil la que espera: mientras sigamos mirándonos como los unos y los otros, asumiendo posiciones estúpidas, concentrándonos más en las diferencias que en los puntos comunes; mientras no nos abramos al perdón, curador y definitivo y empecemos a mirarnos como “todos”, como un nosotros, del mismo lado, jalonando la misma cuerda, asumiendo el rol de civilizados en nivel avanzado, nos demandará mucho más tiempo y esfuerzo alcanzar la convivencia deseada. Finalmente es preciso leernos como el efecto de una sociedad que se estructura y reestructura en busca de sus ideales. La humanización de la convivencia en su reto posible, en la medida que dejamos de ser los unos y los otros y nos convirtamos en un nosotros, en un "todos", único y definitivo.



Domingo Espitia P.

Santa Cruz de Lorica, octubre 23 de 2015

domingo, 28 de diciembre de 2014

Más allá de la norma ambiental


MÁS ALLÁ DE LA NORMA AMBIENTAL


Por: Domingo Espitia P.

La “norma” es producto de la razón humana.  El hombre en su afán, necesario, de preservarse y de convivir en armonía con sus semejantes y con su entorno, establece criterios, parámetros, señala rutas, sanciones, recompensas, premios y castigos, que buscan convencer, persuadir y evitar que se cometan atropellos y delitos que pongan en riesgo lo antes mencionado.  Ahora bien, ¿Es necesaria la norma?  Si, desde todo punto de vista.  No existe ni ha existido otro mecanismo que nos arroje los resultados que se esperan.  Pero, que exista la norma no significa que se den los hechos que éstas reclaman; es decir entre la letra y la acción hay una distancia insondable, y pareciera, en el peor de los casos, que las personas disfrutaran violando la norma.  El papel aguanta todo, resiste desde radicalismos hasta posiciones laxas, y suelen lucir espléndidamente bien en el papel.  Todo este preámbulo, este juego retórico, nos ha de llevar a la consideración de un elemento que debería primar sobre la norma o antes de ella: “la conciencia”. Que exista conciencia no significa, desde luego, que no se necesite la norma, antes por el contrario, es la conciencia quien fortalece de alguna manera a la norma.  El problema ambiental en este mundo cada vez más pequeño e insuficiente, en el que se empieza a carecer de todo, incluso del amor, no es de coerción, de sanción, es de conciencia.  Sólo en la medida que el hombre adquiera la conciencia necesaria acerca de la urgencia e importancia de preservar lo que somos y lo que tenemos, se podrá avanzar relativamente bien en este aspecto.  Pero, ¿qué es ser conscientes?  Ser consciente implica responsabilizarse honestamente por cada acto por pequeño e insignificante que sea que atente contra esto que somos y que tenemos.  Ser consciente es avanzar al estado en el que estaban, hace muchísimos años, nuestros primitivos ancestros, sin tanta retórica muerta tristemente en el papel, pero con la consciencia y responsabilidad absoluta para respetar su medio ambiente, tanto así que la consideraban sagrada y su madre, a la que debían respetar y proteger.

El panorama es cada vez más desalentador, al tiempo que el problema adquiere dimensiones jamás pensadas, mientras el hombre camina en contra vía.  Tristemente asistiremos dentro de unos años al lúgubre sepelio de lo que somos y de lo que tenemos, es decir, el planeta y todo lo que en el habita; esto parece un hecho irreversible;  lo han predicho y vaticinado aquí y allá, finalmente no  es Dios ni el diablo el enemigo del hombre, es el mismo hombre el lobo estepario que arrasará su propia especie; y el ejemplo es sencillo:  “mientras algunos países, medianamente comprometidos, se afanan en establecer acuerdos ambientales, otros pocos, pero altamente detestables, hacen lo contrario, desconociendo el derecho de los demás y disfrazándolo, cínicamente, con fines sociales y humanos”  los grandes atentados que comenten a diario contra el planeta. El cáncer del consumismo extremo, por otro lado, inmejorablemente denunciado por el expresidente uruguayo José Mujica, pareciera la antesala del fin, el triunfo absoluto de lo banal sobre lo humano.  Lo dicho, “es patética la distancia entre la norma y el hecho”. Por doquier pululan aquellos que aportan todos los días su cuota mínima de desechos al mundo, su pequeña contribución con el apocalipsis que nos espera.  Seres del alto poder de los países, envueltos en finos gabanes,  pero también seres anónimos, común y corriente, incapaces de entender la diferencia entre basura y cultura;  estos otros seres anónimos que contribuyen, tal vez inconscientemente, con la miseria del mundo,  con tan solo arrojar el empaque plástico del agua que calmó sus sed al piso, con arrojar la basura al rio, a los lagos y a las playas,  con desperdiciar el agua potable, con su insaciable sed de consumo, con su hipocresía y sus antivalores, con sus autos y espray, con su apatía hacia el otro, con su falta de hermandad y de amor.  Se necesita definitivamente pasar de los buenos deseos a los buenos actos.

Ante esta lamentable visión, ojalá unas pocas golondrinas puedan hacer verano, de lo contrario… apague y vámonos.


Domingo Espitia P.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

LA ÉTICA, UN CÓDIGO IMPRESCINDIBLE


LA ÉTICA, UN CÓDIGO IMPRESCINDIBLE
(Microensayo)

El libro “génesis” de la biblia expone la explicación tácita de la causa de la existencia humana a través del mito, el mejor quizás, literariamente rico y en exceso original, tanto o más que los mitos de nuestros ancestros directos.  El Popol Vuh lo cuenta con gran imaginación también, pero con menos fortuna histórica, planteando la existencia humana como una experiencia cíclica, fragmentada en etapas que cumplen su ciclo y que comenzaron cuando  sus primeros seres se arrojaron al fuego naciendo así el sol, la luna y los demás astros y seres de la naturaleza.

De otro lado Oparín, Darwin y uno que otro escéptico se afanan en sustentar una causa biológica y científica a este hecho, mientras el resto de los mortales han desgastado sus años y su vida indecisos entre una y otra concepción, olvidándose casi que por completo de ser, es decir, de vivir en comunión con su propia misión de vida, su propia ruta, su propio camino, en vez de devanarse los sesos definiendo en seguir los caminos que otros le señalan.

Una reflexión simple habrá de conducirnos al humanismo, sin  la pretensión Niztcheana de colocar al hombre por encima de Dios, sino,  con la noble intención de lograr la conciencia definitiva de hermandad, de ser capaces de interpretarnos como un todo único y sistémico, donde no se debe ni puede prescindir del otro y donde los actos han de fundamentarse en función del otro y no contra el otro; alejarnos del concepto del lobo-hombre que devora al hombre, y acercarnos a la, ahora cursi para muchos, teoría del amor, ese simple y maravilloso secreto que los tiempos, los sabios y todos los libros, y hasta Jesús, han tratado de enseñarnos tal vez en vano.  Tan simple y tan elemental que aterra que no lo hayamos logrado entender aun y mucho menos poner en práctica.

La gran urgencia de mantener la armonía humana justifica sin aspavientos la existencia del código, esa afortunada invención de la razón del hombre que aspira simbolizar conceptos y constructos de conocimientos axiológicos que puedan ser entendidos y vivenciados por todas y todos, sin excepción, por encima de cualquier tipo de diferencia.  El simple código, en todo caso, no pasa de ser una mera norma, un patrón sugerido, un criterio de acción y comportamiento que podría, en el peor de los casos, estar lejos del hecho.  No es el código la meta, es la herramienta.


La importancia del código es evidente, pero es igual de innegable la necesidad de contar  uno con la capacidad de adaptarse a una sociedad altamente cambiante, donde los patrones se revalúan permanentemente, un cambio tal vez irreversible e impredecible, pues es la humanidad, su historia y todo lo que ella encierra un río rebelde y caprichoso que se mueve a su propia y terca voluntad.  Aferrarnos a un código estático nos llevará a la obsolescencia, que es tal vez la crisis que vivimos en la actualidad. Finalmente la humanidad no tiene una bitácora de vuelo definida: llegamos casi que por accidente y en el afán de permanecer y preservarnos hemos ido aprendiendo a vivir y convivir, y en ello la ética ha sido y seguirá siendo fundamental.

domingo, 28 de abril de 2013

DE LATINOAMERICA, INTEGRACIÓN Y OTROS DESENCUENTROS


DE LATINO AMÉRICA, INTEGRACIÓN Y OTROS DESENCUENTROS.


Latino-américa ha experimentado unas épocas y situaciones sociopolíticas muy marcadas y quizás diferentes a las de otros continentes, incluso desde la colonización, donde comenzó el atropello a nuestras civilizaciones, a nuestra cultura, a nuestras concepciones sociales y políticas.  Ese encuentro de dos mundos terminaría convirtiéndose en un desafortunado acto de barbarie, que tal vez marcaría el destino desigual de nuestros  pueblos.

Hemos vivido en nuestro continente etapas socio-políticas transitorias y radicales que no han permitido la consolidación de un sistema que propicie el desarrollo y la integración latinoamericana.  Latinoamérica ha ido históricamente a la deriva, oscilando entre radicalismos de izquierda y de derecha.  Por la década de los cincuenta se comenzó a gestar la revolución cubana, a la luz de los principios comunistas, que sería inspiración más tarde para que otros países intentaran movimientos parecidos.  En otro momento histórico Latinoamérica estuvo plagada de dictaduras militares que constituyen una de las épocas más grises de la historia latinoamericana.  Posterior a ello las propuestas democráticas terminaron derrocando el poder de los militares, pero se cayó en el turbulento destino de los gobiernos neoliberales que terminaron vendiendo nuestros recursos a monopolios extranjeros.  La lucha sociopolítica y económica de Latinoamérica en la actualidad está dada entre propuestas progresistas con un alto contenido social y propuestas con cierta tendencia hacia el centro o la derecha.

Nuestro enfoque de esta situación latinoamericana apunta hacia la percepción de que después de cinco o más décadas seguimos igual  y la reconciliación o la puesta en común de las propuestas de gobierno parecieran realmente imposibles.  El problema de Latinoamérica es el problema del mundo, que básicamente radica en encontrar un sistema de gobierno social y político “ideal” que en  esencia es la utopía de toda la humanidad.  Tal como está planteado la democracia pareciera ser el menos malo de los sistemas, dado que es como una barca que evita que nos hundamos pero con la que terminamos irremediablemente con los pies mojados.

No existe una fórmula mágica, aparentemente, que  permita la integración ideal de los pueblos latinoamericanos, tal como lo hemos planteado en el punto anterior, por la sencilla razón de que no hemos sido capaces de entender  que tal integración tiene que ser construida desde las diferencias y con un sentido altamente cooperativo y colaborativo.  La absurda pretensión de alinear del mismo lado a todos los gobiernos no tiene cabida en un continente que es  diverso en medio de lo común, digamos que una propuesta clara sería  partir de los consensos, por ejemplo el elemento social pero en un marco de respeto y construcción colectiva donde no se afecten a unos por beneficiar a otros, puesto que un país donde se gobierna para unos y se excluye al resto está condenado al fracaso.

De otro lado,  no es sano concebir la integración como una coincidencia plena de posiciones políticas, sino más bien como un entendimiento consciente de las diferencias que permitan generar acuerdos y encontrar rutas comunes.  Un entendimiento producto de reconocernos y reconocer al otro.

Integración no debe ser sinónimo de sumisión de ningún tipo ni ideológica, ni económica, ni religiosa, ni social, ni política.  No debe estar concebida tampoco como una relación mutualista o parásita sino como un ejercicio de libre cooperación “a pesar de”.  Tal vez tener monedas comunes, suprimir las fronteras, adoctrinamiento masivo de las masas no  garanticen la integración y el desarrollo de todos los pueblos, y en este orden de ideas Europa debería ser nuestro espejo.


Domingo Espitia P.
Escritor, docente e investigador.