LA ÉTICA, UN CÓDIGO IMPRESCINDIBLE
(Microensayo)
El libro “génesis” de la biblia expone la explicación
tácita de la causa de la existencia humana a través del mito, el mejor quizás,
literariamente rico y en exceso original, tanto o más que los mitos de nuestros
ancestros directos. El Popol Vuh lo
cuenta con gran imaginación también, pero con menos fortuna histórica,
planteando la existencia humana como una experiencia cíclica, fragmentada en
etapas que cumplen su ciclo y que comenzaron cuando sus primeros seres se arrojaron al fuego
naciendo así el sol, la luna y los demás astros y seres de la naturaleza.
De otro lado Oparín, Darwin y uno que otro escéptico
se afanan en sustentar una causa biológica y científica a este hecho, mientras
el resto de los mortales han desgastado sus años y su vida indecisos entre una
y otra concepción, olvidándose casi que por completo de ser, es decir, de vivir en comunión con su propia misión de
vida, su propia ruta, su propio camino, en vez de devanarse los sesos
definiendo en seguir los caminos que otros le señalan.
Una reflexión simple habrá de conducirnos al humanismo, sin la pretensión Niztcheana de colocar al hombre
por encima de Dios, sino, con la noble
intención de lograr la conciencia definitiva de hermandad, de ser capaces de
interpretarnos como un todo único y sistémico, donde no se debe ni puede
prescindir del otro y donde los actos han de fundamentarse en función del otro
y no contra el otro; alejarnos del concepto del lobo-hombre que devora al hombre, y acercarnos a la, ahora cursi
para muchos, teoría del amor, ese simple y maravilloso secreto que los tiempos,
los sabios y todos los libros, y hasta Jesús, han tratado de enseñarnos tal vez
en vano. Tan simple y tan elemental que
aterra que no lo hayamos logrado entender aun y mucho menos poner en práctica.
La gran urgencia de mantener la armonía humana
justifica sin aspavientos la existencia del código, esa afortunada invención de
la razón del hombre que aspira simbolizar conceptos y constructos de
conocimientos axiológicos que puedan ser entendidos y vivenciados por todas y
todos, sin excepción, por encima de cualquier tipo de diferencia. El simple código, en todo caso, no pasa de
ser una mera norma, un patrón sugerido, un criterio de acción y comportamiento
que podría, en el peor de los casos, estar lejos del hecho. No es el código la meta, es la herramienta.
La importancia del código es evidente, pero es igual
de innegable la necesidad de contar uno
con la capacidad de adaptarse a una sociedad altamente cambiante, donde los
patrones se revalúan permanentemente, un cambio tal vez irreversible e
impredecible, pues es la humanidad, su historia y todo lo que ella encierra un
río rebelde y caprichoso que se mueve a su propia y terca voluntad. Aferrarnos a un código estático nos llevará a
la obsolescencia, que es tal vez la crisis que vivimos en la actualidad.
Finalmente la humanidad no tiene una bitácora de vuelo definida: llegamos casi
que por accidente y en el afán de permanecer y preservarnos hemos ido
aprendiendo a vivir y convivir, y en ello la ética ha sido y seguirá siendo
fundamental.

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