miércoles, 17 de diciembre de 2014

LA ÉTICA, UN CÓDIGO IMPRESCINDIBLE


LA ÉTICA, UN CÓDIGO IMPRESCINDIBLE
(Microensayo)

El libro “génesis” de la biblia expone la explicación tácita de la causa de la existencia humana a través del mito, el mejor quizás, literariamente rico y en exceso original, tanto o más que los mitos de nuestros ancestros directos.  El Popol Vuh lo cuenta con gran imaginación también, pero con menos fortuna histórica, planteando la existencia humana como una experiencia cíclica, fragmentada en etapas que cumplen su ciclo y que comenzaron cuando  sus primeros seres se arrojaron al fuego naciendo así el sol, la luna y los demás astros y seres de la naturaleza.

De otro lado Oparín, Darwin y uno que otro escéptico se afanan en sustentar una causa biológica y científica a este hecho, mientras el resto de los mortales han desgastado sus años y su vida indecisos entre una y otra concepción, olvidándose casi que por completo de ser, es decir, de vivir en comunión con su propia misión de vida, su propia ruta, su propio camino, en vez de devanarse los sesos definiendo en seguir los caminos que otros le señalan.

Una reflexión simple habrá de conducirnos al humanismo, sin  la pretensión Niztcheana de colocar al hombre por encima de Dios, sino,  con la noble intención de lograr la conciencia definitiva de hermandad, de ser capaces de interpretarnos como un todo único y sistémico, donde no se debe ni puede prescindir del otro y donde los actos han de fundamentarse en función del otro y no contra el otro; alejarnos del concepto del lobo-hombre que devora al hombre, y acercarnos a la, ahora cursi para muchos, teoría del amor, ese simple y maravilloso secreto que los tiempos, los sabios y todos los libros, y hasta Jesús, han tratado de enseñarnos tal vez en vano.  Tan simple y tan elemental que aterra que no lo hayamos logrado entender aun y mucho menos poner en práctica.

La gran urgencia de mantener la armonía humana justifica sin aspavientos la existencia del código, esa afortunada invención de la razón del hombre que aspira simbolizar conceptos y constructos de conocimientos axiológicos que puedan ser entendidos y vivenciados por todas y todos, sin excepción, por encima de cualquier tipo de diferencia.  El simple código, en todo caso, no pasa de ser una mera norma, un patrón sugerido, un criterio de acción y comportamiento que podría, en el peor de los casos, estar lejos del hecho.  No es el código la meta, es la herramienta.


La importancia del código es evidente, pero es igual de innegable la necesidad de contar  uno con la capacidad de adaptarse a una sociedad altamente cambiante, donde los patrones se revalúan permanentemente, un cambio tal vez irreversible e impredecible, pues es la humanidad, su historia y todo lo que ella encierra un río rebelde y caprichoso que se mueve a su propia y terca voluntad.  Aferrarnos a un código estático nos llevará a la obsolescencia, que es tal vez la crisis que vivimos en la actualidad. Finalmente la humanidad no tiene una bitácora de vuelo definida: llegamos casi que por accidente y en el afán de permanecer y preservarnos hemos ido aprendiendo a vivir y convivir, y en ello la ética ha sido y seguirá siendo fundamental.

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