domingo, 28 de diciembre de 2014

Más allá de la norma ambiental


MÁS ALLÁ DE LA NORMA AMBIENTAL


Por: Domingo Espitia P.

La “norma” es producto de la razón humana.  El hombre en su afán, necesario, de preservarse y de convivir en armonía con sus semejantes y con su entorno, establece criterios, parámetros, señala rutas, sanciones, recompensas, premios y castigos, que buscan convencer, persuadir y evitar que se cometan atropellos y delitos que pongan en riesgo lo antes mencionado.  Ahora bien, ¿Es necesaria la norma?  Si, desde todo punto de vista.  No existe ni ha existido otro mecanismo que nos arroje los resultados que se esperan.  Pero, que exista la norma no significa que se den los hechos que éstas reclaman; es decir entre la letra y la acción hay una distancia insondable, y pareciera, en el peor de los casos, que las personas disfrutaran violando la norma.  El papel aguanta todo, resiste desde radicalismos hasta posiciones laxas, y suelen lucir espléndidamente bien en el papel.  Todo este preámbulo, este juego retórico, nos ha de llevar a la consideración de un elemento que debería primar sobre la norma o antes de ella: “la conciencia”. Que exista conciencia no significa, desde luego, que no se necesite la norma, antes por el contrario, es la conciencia quien fortalece de alguna manera a la norma.  El problema ambiental en este mundo cada vez más pequeño e insuficiente, en el que se empieza a carecer de todo, incluso del amor, no es de coerción, de sanción, es de conciencia.  Sólo en la medida que el hombre adquiera la conciencia necesaria acerca de la urgencia e importancia de preservar lo que somos y lo que tenemos, se podrá avanzar relativamente bien en este aspecto.  Pero, ¿qué es ser conscientes?  Ser consciente implica responsabilizarse honestamente por cada acto por pequeño e insignificante que sea que atente contra esto que somos y que tenemos.  Ser consciente es avanzar al estado en el que estaban, hace muchísimos años, nuestros primitivos ancestros, sin tanta retórica muerta tristemente en el papel, pero con la consciencia y responsabilidad absoluta para respetar su medio ambiente, tanto así que la consideraban sagrada y su madre, a la que debían respetar y proteger.

El panorama es cada vez más desalentador, al tiempo que el problema adquiere dimensiones jamás pensadas, mientras el hombre camina en contra vía.  Tristemente asistiremos dentro de unos años al lúgubre sepelio de lo que somos y de lo que tenemos, es decir, el planeta y todo lo que en el habita; esto parece un hecho irreversible;  lo han predicho y vaticinado aquí y allá, finalmente no  es Dios ni el diablo el enemigo del hombre, es el mismo hombre el lobo estepario que arrasará su propia especie; y el ejemplo es sencillo:  “mientras algunos países, medianamente comprometidos, se afanan en establecer acuerdos ambientales, otros pocos, pero altamente detestables, hacen lo contrario, desconociendo el derecho de los demás y disfrazándolo, cínicamente, con fines sociales y humanos”  los grandes atentados que comenten a diario contra el planeta. El cáncer del consumismo extremo, por otro lado, inmejorablemente denunciado por el expresidente uruguayo José Mujica, pareciera la antesala del fin, el triunfo absoluto de lo banal sobre lo humano.  Lo dicho, “es patética la distancia entre la norma y el hecho”. Por doquier pululan aquellos que aportan todos los días su cuota mínima de desechos al mundo, su pequeña contribución con el apocalipsis que nos espera.  Seres del alto poder de los países, envueltos en finos gabanes,  pero también seres anónimos, común y corriente, incapaces de entender la diferencia entre basura y cultura;  estos otros seres anónimos que contribuyen, tal vez inconscientemente, con la miseria del mundo,  con tan solo arrojar el empaque plástico del agua que calmó sus sed al piso, con arrojar la basura al rio, a los lagos y a las playas,  con desperdiciar el agua potable, con su insaciable sed de consumo, con su hipocresía y sus antivalores, con sus autos y espray, con su apatía hacia el otro, con su falta de hermandad y de amor.  Se necesita definitivamente pasar de los buenos deseos a los buenos actos.

Ante esta lamentable visión, ojalá unas pocas golondrinas puedan hacer verano, de lo contrario… apague y vámonos.


Domingo Espitia P.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

LA ÉTICA, UN CÓDIGO IMPRESCINDIBLE


LA ÉTICA, UN CÓDIGO IMPRESCINDIBLE
(Microensayo)

El libro “génesis” de la biblia expone la explicación tácita de la causa de la existencia humana a través del mito, el mejor quizás, literariamente rico y en exceso original, tanto o más que los mitos de nuestros ancestros directos.  El Popol Vuh lo cuenta con gran imaginación también, pero con menos fortuna histórica, planteando la existencia humana como una experiencia cíclica, fragmentada en etapas que cumplen su ciclo y que comenzaron cuando  sus primeros seres se arrojaron al fuego naciendo así el sol, la luna y los demás astros y seres de la naturaleza.

De otro lado Oparín, Darwin y uno que otro escéptico se afanan en sustentar una causa biológica y científica a este hecho, mientras el resto de los mortales han desgastado sus años y su vida indecisos entre una y otra concepción, olvidándose casi que por completo de ser, es decir, de vivir en comunión con su propia misión de vida, su propia ruta, su propio camino, en vez de devanarse los sesos definiendo en seguir los caminos que otros le señalan.

Una reflexión simple habrá de conducirnos al humanismo, sin  la pretensión Niztcheana de colocar al hombre por encima de Dios, sino,  con la noble intención de lograr la conciencia definitiva de hermandad, de ser capaces de interpretarnos como un todo único y sistémico, donde no se debe ni puede prescindir del otro y donde los actos han de fundamentarse en función del otro y no contra el otro; alejarnos del concepto del lobo-hombre que devora al hombre, y acercarnos a la, ahora cursi para muchos, teoría del amor, ese simple y maravilloso secreto que los tiempos, los sabios y todos los libros, y hasta Jesús, han tratado de enseñarnos tal vez en vano.  Tan simple y tan elemental que aterra que no lo hayamos logrado entender aun y mucho menos poner en práctica.

La gran urgencia de mantener la armonía humana justifica sin aspavientos la existencia del código, esa afortunada invención de la razón del hombre que aspira simbolizar conceptos y constructos de conocimientos axiológicos que puedan ser entendidos y vivenciados por todas y todos, sin excepción, por encima de cualquier tipo de diferencia.  El simple código, en todo caso, no pasa de ser una mera norma, un patrón sugerido, un criterio de acción y comportamiento que podría, en el peor de los casos, estar lejos del hecho.  No es el código la meta, es la herramienta.


La importancia del código es evidente, pero es igual de innegable la necesidad de contar  uno con la capacidad de adaptarse a una sociedad altamente cambiante, donde los patrones se revalúan permanentemente, un cambio tal vez irreversible e impredecible, pues es la humanidad, su historia y todo lo que ella encierra un río rebelde y caprichoso que se mueve a su propia y terca voluntad.  Aferrarnos a un código estático nos llevará a la obsolescencia, que es tal vez la crisis que vivimos en la actualidad. Finalmente la humanidad no tiene una bitácora de vuelo definida: llegamos casi que por accidente y en el afán de permanecer y preservarnos hemos ido aprendiendo a vivir y convivir, y en ello la ética ha sido y seguirá siendo fundamental.