MÁS ALLÁ DE LA NORMA AMBIENTAL
Por: Domingo Espitia P.
La “norma” es producto de la razón
humana. El hombre en su afán, necesario,
de preservarse y de convivir en armonía con sus semejantes y con su entorno,
establece criterios, parámetros, señala rutas, sanciones, recompensas, premios
y castigos, que buscan convencer, persuadir y evitar que se cometan atropellos
y delitos que pongan en riesgo lo antes mencionado. Ahora bien, ¿Es necesaria la norma? Si, desde todo punto de vista. No existe ni ha existido otro mecanismo que
nos arroje los resultados que se esperan.
Pero, que exista la norma no significa que se den los hechos que éstas
reclaman; es decir entre la letra y la acción hay una distancia insondable, y
pareciera, en el peor de los casos, que las personas disfrutaran violando la
norma. El papel aguanta todo, resiste
desde radicalismos hasta posiciones laxas, y suelen lucir espléndidamente bien
en el papel. Todo este preámbulo, este
juego retórico, nos ha de llevar a la consideración de un elemento que debería
primar sobre la norma o antes de ella: “la conciencia”. Que exista
conciencia no significa, desde luego, que no se necesite la norma, antes por el
contrario, es la conciencia quien fortalece de alguna manera a la norma. El problema ambiental en este mundo cada vez
más pequeño e insuficiente, en el que se empieza a carecer de todo, incluso del
amor, no es de coerción, de sanción, es de conciencia.
Sólo en la medida que el hombre adquiera la conciencia necesaria
acerca de la urgencia e importancia de preservar
lo que somos y lo que tenemos, se podrá avanzar relativamente bien en este
aspecto. Pero, ¿qué es ser conscientes? Ser consciente implica responsabilizarse
honestamente por cada acto por pequeño e insignificante que sea que atente
contra esto que somos y que tenemos. Ser
consciente es avanzar al estado en el que estaban, hace muchísimos años,
nuestros primitivos ancestros, sin tanta retórica muerta tristemente en el
papel, pero con la consciencia y responsabilidad absoluta para respetar su
medio ambiente, tanto así que la consideraban sagrada y su madre, a la que
debían respetar y proteger.
El panorama es cada vez más desalentador, al tiempo
que el problema adquiere dimensiones jamás pensadas, mientras el hombre camina
en contra vía. Tristemente asistiremos
dentro de unos años al lúgubre sepelio de lo que somos y de lo que tenemos, es
decir, el planeta y todo lo que en el habita; esto parece un hecho
irreversible; lo han predicho y
vaticinado aquí y allá, finalmente no es
Dios ni el diablo el enemigo del hombre, es el mismo hombre el lobo estepario
que arrasará su propia especie; y el ejemplo es sencillo: “mientras
algunos países, medianamente comprometidos, se afanan en establecer acuerdos
ambientales, otros pocos, pero altamente detestables, hacen lo contrario,
desconociendo el derecho de los demás y disfrazándolo, cínicamente, con fines
sociales y humanos” los grandes
atentados que comenten a diario contra el planeta. El cáncer del consumismo
extremo, por otro lado, inmejorablemente denunciado por el expresidente uruguayo
José Mujica, pareciera la antesala del fin, el triunfo absoluto de lo banal
sobre lo humano. Lo dicho, “es patética la distancia entre la norma y el
hecho”. Por doquier pululan aquellos que aportan todos los días su cuota
mínima de desechos al mundo, su pequeña contribución con el apocalipsis que nos
espera. Seres del alto poder de los
países, envueltos en finos gabanes, pero
también seres anónimos, común y corriente, incapaces de entender la diferencia
entre basura y cultura; estos
otros seres anónimos que contribuyen, tal vez inconscientemente, con la miseria
del mundo, con tan solo arrojar el
empaque plástico del agua que calmó sus sed al piso, con arrojar la basura al
rio, a los lagos y a las playas, con
desperdiciar el agua potable, con su insaciable sed de consumo, con su
hipocresía y sus antivalores, con sus autos y espray, con su apatía hacia el
otro, con su falta de hermandad y de amor.
Se necesita definitivamente pasar de los buenos deseos a los buenos
actos.
Ante esta lamentable visión, ojalá unas pocas
golondrinas puedan hacer verano, de lo contrario… apague y vámonos.
Domingo Espitia P.

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