COLOMBIA, EL PAÍS DE
LOS UNOS Y LOS OTROS
(Miradas del postconflicto)
Foto
tomada de unidad popular.over-blog.es
Un día cualquiera, hace unas décadas en este
país, “los unos” consideraron
que el estado no era justo y que amenazaba todos sus derechos, y decidieron
tomar las armas y litigar con sangre y balas esos derechos; ante ello, el
estado reaccionó con tibieza, cantinflescamente como cuando las cosas interesan
pero a la vez no, y generó el caldo de
cultivo para que germinarán de las entrañas de la tierra los otros, bajo una mirada displicente del mismo
estado que con el tiempo terminaría siendo tristemente permisiva. 50 años de
dolor y muerte justificaron macabramente el rojo en la bandera, heridas que aún
no sanan de un lado y del otro, donde los muertos los han puesto, precisamente,
esos pobres por los que se decía pelear.
La guerra, sobra decirlo, ha sido larga,
injusta y sucia (todas lo son), nadie gana una guerra, ella siempre deslegitimiza
nuestra valía de humanidad, nos degrada y nos coloca en el triste nivel de las
especies inferiores y quizás peor; finalmente no existe diferencia entre un
victimario de izquierda y uno de derecha, a no ser la mano con la que disparan.
El problema se hace más agudo cuando los demás,
y esto atañe de una u otra manera al resto de la sociedad, comienzan a
tomar, directa o indirectamente, partido a favor de los unos o los otros,
ya sea por simpatía, por coincidencias ideológicas, por sesgos, por
permisividad e incluso por indiferencia, porque el me "importaunculismo" que se
hizo tan común en esos días también es
una forma de tomar partido; y resultó de todo ello la sociedad que tenemos hoy:
polarizada y polarizante, estúpidamente excluyente y preñada de odios, yuxtapuesta
al perdón y nada resilientes. Un modo de
ser que se arraigó y se hizo cultura y comenzamos a experimentar todos, en el país de los unos y los otros, una
competencia insana, desvalorizante que atropella la dignidad del ser humano en
su máxima expresión y que se hace evidente en todos los contextos, incluso,
hasta en los más triviales como en ser hincha de uno u otro equipo, en ser de
uno u otro partido político, en ser de una u otra región, en tener uno u otro
color de piel, en profesar una u otra religión,
en pertenecer a uno u otro estrato socio-económico, en vestir de una u otra
forma, en vivir y expresar la sexualidad de una u otra manera, en pensar y
expresar una cosa u la otra. Una sociedad en donde priman más las antipatías
que las simpatías, en donde las diferencias se hacen a veces abismales e
intolerables y las coincidencias poco estimadas. Esa es la sociedad que,
flagelada por otras dolencias de mucha consideración como la corrupción y la
falta de solidaridad, se prepara para edificar la paz, para asumir el
postconflicto y el fin de las balas y de la guerra (hasta donde permita la
voluntad de los implicados).
No es tarea fácil la que espera: mientras
sigamos mirándonos como los unos y los otros, asumiendo
posiciones estúpidas, concentrándonos más en las diferencias que en los puntos
comunes; mientras no nos abramos al perdón, curador y definitivo y empecemos a
mirarnos como “todos”, como un nosotros, del mismo lado, jalonando
la misma cuerda, asumiendo el rol de civilizados en nivel avanzado, nos
demandará mucho más tiempo y esfuerzo alcanzar la convivencia deseada.
Finalmente es preciso leernos como el efecto de una sociedad que se estructura
y reestructura en busca de sus ideales. La humanización de la convivencia en su
reto posible, en la medida que dejamos de ser los unos y los otros y nos
convirtamos en un nosotros, en un "todos", único y definitivo.
Domingo Espitia P.
Santa Cruz de Lorica, octubre 23 de 2015
